Lo que el yoga me enseñó frente a la enfermedad
- Ishwari - Ivonne

- 6 mar
- 4 Min. de lectura

Hoy se cumplen 2 años de lo que he llamado "mi renacer".
Hay momentos en la vida en los que descubrimos si aquello que hemos estudiado, practicado o enseñado durante años realmente vive dentro de nosotros.
Momentos en los que la vida deja de ser teoría. Para mí, uno de esos momentos llegó en marzo de 2024, cuando recibí una noticia inesperada: me habían encontrado un cáncer y debía someterme a una cirugía agresiva de abdomen abierto apenas unos días después.
Muchas personas me han preguntado cómo reaccioné en ese momento, y la respuesta, incluso para mí, fue sorprendente: desde el primer instante sentí gratitud y una profunda calma. No hubo miedo, ni sensación de injusticia, ni desesperación.
Lo que apareció sin ningún esfuerzo fue una sensación de confianza y aceptación: una certeza profunda de que, de alguna manera, todo era perfecto. No perfecto en el sentido de cómodo o deseable, sino perfecto en el sentido más profundo: sabiendo que todo lo que llega a nuestra vida forma parte del proceso de evolución del alma.
En ese momento comprendí algo con mucha claridad: si el yoga no hubiera estado presente en mi vida durante 10 años, mi reacción probablemente habría sido muy diferente. Tal vez habría habido más drama, más victimización, más angustia frente al futuro o más resistencia frente a la experiencia.
Pero la práctica había hecho su trabajo silencioso. Y ese trabajo se manifestó precisamente cuando más lo necesitaba.
La práctica invisible
El yoga no transforma necesariamente la vida porque estudiemos textos sagrados o porque podamos mantenernos en equilibrio sobre la cabeza.
La verdadera transformación ocurre lentamente, a lo largo de los años, a través de prácticas aparentemente sencillas: respirar con atención, observar la mente, cultivar la gratitud, meditar, repetir un mantra, aprender a soltar.
Cada día de práctica va sembrando algo. Y un día, cuando la vida trae un desafío real, descubrimos que esas semillas han germinado.
Eso fue lo que ocurrió en mi caso. Cuando recibí el diagnóstico, lo viví con una presencia muy profunda. No pensé demasiado en el futuro ni en posibles desenlaces. Simplemente estuve allí, viviendo cada momento con atención y con apertura, incluso frente a la incertidumbre.
Sentía con claridad que la experiencia (cualquiera que fuera su resultado, inclusive la muerte del cuerpo físico) era una excelente oportunidad para quemar karma, para crecer, para confiar aún más profundamente en la Inteligencia Superior que sostiene la vida.
Las enseñanzas que se revelaron como experiencia
A lo largo de este proceso hubo varias enseñanzas del yoga que dejaron de ser teoría y se volvieron realidades vivas.
La gratitud. Incluso en medio de una situación retadora, como lo fue esta, pude sentir gratitud por la experiencia misma, por la fortuna de recibir el mejor tratamiento disponible por parte de un cuerpo de doctores y enfermeras excepcional y por la gran oportunidad aprender. Todavía no sabía qué, pero estaba segura de que los aprendizajes iban a ser significativos y transformadores, como eventualmente lo he ido descubriendo.
La Presencia Divina en el cuerpo. Cada célula funciona sostenida por una inteligencia que va mucho más allá de nuestra voluntad personal. Podemos influir en ella con nuestros hábitos, pero en última instancia es esa energía creadora universal la que sana y sostiene la vida.
La verdadera identidad. El yoga enseña que no somos el cuerpo, ni las emociones, ni los pensamientos. Durante este proceso pude experimentar con claridad que hay algo más profundo en mí: una presencia consciente que permanece estable incluso cuando todo cambia afuera.
El valor del momento presente. La vida ocurre ahora. Abrir los ojos cada mañana y la posibilidad de vivir cada instante son regalos que no pueden darse por sentados.
El desapego del resultado. Actuar con presencia, entrega y amor, sin aferrarnos a que las cosas ocurran de una forma específica y confiando en que lo que llegue también forma parte del camino.
En este caso en particular, evité aferrarme a cualquier expectativa de lo que pudiera ocurrir: la vida versus la muerte, el bienestar versus el dolor, la recuperación rápida versus la aparición de complicaciones. Hice lo que me correspondía según las instrucciones de los doctores, además de mi práctica espiritual, con disciplina y dedicación, sabiendo que lo que pasara estaba más allá de mis acciones y que, en últimas, sería lo más conveniente, tanto para mí como para mis allegados.
Cuando el yoga deja de ser teoría
A menudo pensamos en el yoga como una práctica para sentirnos mejor, reducir el estrés o mejorar nuestra salud. Y ciertamente puede hacer todo eso.
Pero en su esencia más profunda, el yoga es una ciencia para aprender a vivir con conciencia, ecuanimidad y confianza frente a cualquier circunstancia de la vida. Incluso frente a la enfermedad, a la incertidumbre o a la posibilidad de la muerte del cuerpo físico.
Cuando la práctica se vuelve real, descubrimos que hay en nosotros un espacio de paz que no depende de lo que esté ocurriendo afuera. Y desde ese espacio es posible atravesar cualquier experiencia con alegría, con presencia y con una profunda confianza en la vida.
Tal vez cada respiración consciente, cada momento de meditación, cada mantra o cada gesto de gratitud está preparando nuestra mente y nuestro corazón para cuando la vida nos pida poner esa sabiduría en práctica de verdad.


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