Cuando la mente se aquieta: enseñanzas de los Yoga Sutras de Patanjali
- Ishwari - Ivonne

- 28 ago 2025
- 5 Min. de lectura
Los Yoga Sutras de Patanjali son uno de los textos fundamentales del yoga. Escritos hace más de dos mil años, recogen en aforismos cortos y precisos (sutras) la esencia de la práctica y filosofía del yoga, ofreciendo un mapa claro para quien busca la paz interior y la unión con lo divino.
En apenas 195 sutras, el sabio Patanjali va directo al corazón del Raja Yoga: la mente. Nos muestra cómo funciona, cuáles son sus obstáculos y, sobre todo, cómo transformarla para que deje de ser una fuente de sufrimiento y se convierta en un puente hacia la libertad y la dicha.
Patanjali comienza las Yoga Sutras afirmando que “yoga es el control de las actividades de la mente” (Yogas chitta brtti nirodhah, en sánscrito). Con esta definición nos recuerda que el verdadero yoga no es una práctica física, sino un camino hacia el dominio de la mente para poder experimentar la unión con nuestra verdadera esencia.

La mente es un instrumento poderoso: puede llevarnos a la confusión y al sufrimiento cuando está agitada, pero también puede ser nuestra aliada cuando aprendemos a aquietarla. Según Patanjali, la mente atraviesa distintos estados, que van desde la dispersión y la pereza, hasta la concentración profunda y, finalmente, el silencio interior que abre la puerta a un estado de consciencia elevado.
Estos estados de la mente son conocidos como chitta bhumis y son los siguientes:
Kshipta: la mente está muy agitada e inquieta, llena de fluctuaciones que se experimentan como placer o dolor incontrolados, en reacción a influencias externas o internas.
Mudha: estado de baja energía mental, en el que la mente está embotada o perezosa y genera sufrimiento manifestado como tristeza, desesperanza, depresión u otras formas de negación de la felicidad.
Vikshipta: existe un esfuerzo consciente de centrar la mente, pero sigue distrayéndose con vrittis dispersas. Oscila entre la inquietud y la concentración.
Ekagrata: la mente está completamente concentrada, enfocada en una sola actividad mental.
Niruddha: hay una suspensión total de las actividades mentales, lo que conduce al Samadhi, el estado supraconsciente donde se experimentan profunda paz y dicha.
Para entenderla mejor, Patanjali explica que en la mente aparecen diferentes “modificaciones” o fluctuaciones (vrittis, en sánscrito). A veces surgen como percepciones claras y verdaderas, otras veces como errores, ilusiones, recuerdos o incluso el sueño profundo. Patanjali describe cinco tipos de vrittis:
Pramana: conocimiento correcto, comprobado, que puede adquirirse por percepción directa a través de los sentidos, inferencia lógica o el testimonio confiable de un sabio iluminado.
Viparyaya: comprensión errónea, percepción equivocada que nos lleva a crear creencias diferentes de la realidad.
Vikalpa: ilusión verbal, el acto de creer o reaccionar ante palabras según el significado que les atribuimos, que puede ser fruto de la imaginación o de una interpretación subjetiva, lejana de la realidad.
Nidra: sueño profundo, estado inconsciente de inercia o letargo donde no hay contenido mental. Esto difiere del Samadhi, donde las actividades mentales cesan conscientemente, generando una experiencia espiritualmente transformadora.
Smriti: memoria, impresiones duraderas de experiencias conscientes de esta vida o de vidas anteriores, que emergen a la superficie de nuestra conciencia.
Observar estos movimientos internos nos ayuda a darnos cuenta de qué tanto nos dejamos arrastrar por ellos, y cómo al identificarnos con pensamientos, creencias o recuerdos, nos alejamos de nuestra naturaleza más profunda.
La buena noticia es que Patanjali Maharishi también nos enseña cómo trabajar con la mente. Dos herramientas son fundamentales:
Abhyasa (práctica constante): cultivar disciplina y repetir la práctica con paciencia, sin interrupciones, para crear nuevos hábitos que nos conduzcan hacia la transformación de la manera en que funciona la mente y, en consecuencia, moldeen nuestro carácter para vivir más felizmente.
Vairagya (desapego): aprender a evitar reaccionar de manera automática ante lo agradable o lo desagradable, manteniendo la mente serena o ecuánime frente a los altibajos de la vida. El nivel más alto de desapego es identificarse con nuestra naturaleza divina, en lugar de con las limitaciones del individuo expresadas como el cuerpo físico, los roles, las creencias, éxitos, errores, etc.
Aun así, en el camino encontramos obstáculos: la enfermedad, la apatía, la duda, la pereza, los deseos, la dispersión… Todos ellos generan sufrimiento mental, tristeza, nerviosismo o inquietud física e incluso desajustes en la respiración. En lugar de desanimarnos, Patanjali nos invita a verlos como señales para revisar nuestra práctica y fortalecerla.
En el sutra 1.30 se enumeran nueve obstáculos para aquietar la mente:
Enfermedad, ya que es difícil practicar cuando el cuerpo físico y energético no están en condiciones óptimas.
Apatía o desgano, que nos lleva a evitar o posponer la práctica.
Duda sobre los resultados del camino del yoga y/o sobre nuestra capacidad o merecimiento de alcanzarlos.
Indiferencia, negligencia o descuido hacia la constancia de la práctica.
Pereza, falta de energía o voluntad para mantener la disciplina.
Deseo de placer o apegos que surgen de los sentidos y agitan la mente.
Ilusión, ideas falsas o percepciones equivocadas que nos hacen creer que hemos alcanzado la Verdad última y, en consecuencia, nos vuelven arrogantes.
Incapacidad para mantener la concentración en un solo objeto de enfoque.
Distracciones que apartan la mente de su objeto de concentración.

¿Y cómo superarlos? Patanjali propone diferentes métodos, todos con un mismo fin: volver la mente estable y enfocada. En los sutras 1.32 a 1.39, los detalla:
Repetición del mantra OM durante la meditación, símbolo de la totalidad, que ayuda a purificar la mente y a conectar con lo divino.
Meditar en una sola forma de la divinidad, eligiendo un objeto específico de concentración y manteniéndolo para desarrollar estabilidad mental.
Cultivar cuatro actitudes positivas en la vida diaria para purificar la mente y alcanzar la calma:
Amistad hacia quienes son felices, alegrándonos por ellos.
Compasión hacia quienes sufren, escuchándolos y acompañándolos.
Contento o buena voluntad hacia quienes son virtuosos, sintiéndonos inspirados por ellos.
Indiferencia o aceptación frente a quienes percibimos como malvados, evitando impresiones mentales de odio, enojo o resentimiento.
Usar el control de la respiración (Pranayama) como método para concentrar la mente, pues controlar la respiración ayuda a controlar la mente.
Refinar la percepción sensorial para elevar la conciencia, por ejemplo, visualizando una luz interna en el corazón (Anahata chakra) o entre las cejas (Ajña chakra) durante la meditación.
Contemplar la mente libre de deseos, enfocándose en un sabio o ser espiritual liberado y trayendo sus cualidades a nuestra propia mente.
Meditar en los estados de sueño y sueño profundo para acceder al conocimiento de la Verdad última que se revela en ellos.
Elegir cualquier objeto de concentración que nos resulte más afín o natural, según nuestra disposición interna, para estabilizar y aquietar la mente (ej. la llama de una vela, una flor, el símbolo de OM, de la cruz, una forma de la divinidad).
En resumen, el mensaje de las Yoga Sutras es claro: el camino del yoga es una práctica constante de atención y desapego. Si perseveramos con paciencia, aprenderemos a aquietar la mente, superar las distracciones y abrirnos a la experiencia más profunda del yoga: la unión con nuestro verdadero Ser, donde habitan la paz y la dicha.
Una reflexión personal
Cada vez que me siento a meditar, me doy cuenta de lo actuales que son las enseñanzas de Patanjali Maharishi. La mente salta de un pensamiento a otro, se inquieta, se dispersa… pero cuando vuelvo a la observación de mi respiración, a la reptición de mi mantra personal o a una simple actitud de ser en lugar de hacer, descubro que poco a poco todo se aquieta. En ese silencio interior, aunque sea por un instante, aparece una sensación de plenitud que no depende de nada externo.
Ese es el regalo del yoga: recordarnos que la paz no está en lo que logramos o tenemos, sino en la capacidad de habitar el presente con una mente serena y un corazón abierto.











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