¿Hay que ser flexible para practicar Yoga? Lo que años de práctica me han enseñado

A veces, cuando alguien ve alguna imagen o video de mi práctica, me dice algo como: "Yo quisiera ser así de flexible, pero estoy muy lejos de eso”.
Y aunque muchas veces no digo nada, pienso: Yo no soy flexible, mi cuerpo está flexible.
Puede parecer solamente un juego de palabras, pero para mí hay una diferencia importante.
La flexibilidad no es algo que define quién soy, es una capacidad que mi cuerpo ha ido desarrollando a través de años de práctica. No llegué un día a hacer una postura determinada.
Tampoco ha sido un proceso lineal, en el que cada día puedo hacer un poco más que el anterior. Ha habido avances y retrocesos, épocas de mucha constancia y otras en las que he tenido que parar. Momentos en los que mi cuerpo ha tenido mucha energía y otros en los que he necesitado adaptar profundamente mi práctica.
Y también he tenido que volver a comenzar, más de una vez.
Lo que muestra una postura… y lo que no se ve
Una postura puede ser hermosa, el cuerpo es hermoso y es precioso contemplar lo que años de práctica hacen posible.
El punto no es negar eso, sino recordar que esa belleza es una consecuencia posible del camino del Yoga, no su finalidad.
La postura muestra algo visible que la práctica ha transformado, pero las transformaciones más importantes no siempre se pueden fotografiar:
No se fotografía la aceptación que he tenido que cultivar cuando mi cuerpo no responde como antes.
No se ve la paciencia de parar y volver a comenzar.
Ni la disciplina de regresar al tapete cuando hay poco tiempo, menos energía o simplemente pocas ganas.
Tampoco se ve la escucha que me permite reconocer cuándo avanzar y cuándo respetar un límite.
Ni la gratitud que nace al descubrir, una y otra vez, todo lo que este cuerpo hace por mí.
Tal vez estas sean algunas de las prácticas más difíciles —y también más valiosas— que el Yoga me ha enseñado.
La constancia no significa hacer siempre lo mismo
A veces confundimos constancia con no parar nunca, con exigirle al cuerpo que responda siempre de la misma manera, o con practicar a cualquier precio.
La vida sucede y el cuerpo cambia con ella. Hay días para profundizar y otros para hacer menos; momentos para avanzar y otros para recuperar; hay incluso ocasiones en las que parar también forma parte del camino. Lo he vivido en mi propia práctica.
Y he aprendido que regresar después de una pausa no significa comenzar desde cero. Volvemos con un cuerpo diferente, quizá, pero también con todo aquello que la experiencia nos ha enseñado.
Por eso, para mí, después de años de práctica, la constancia está sobre todo en seguir regresando (Abhyasa, práctica constante en sánscrito). Regresar al cuerpo, a la respiración, a la práctica desde el lugar en el que realmente estamos, no desde aquel en el que creemos que deberíamos estar.
La constancia no consiste necesariamente en no habernos detenido, sino, a veces, simplemente en volver a comenzar.
Disciplina, pero también escucha
Sostener una práctica requiere disciplina (Tapas, en sánscrito).
Hay días en los que llegamos al tapete con entusiasmo y energía. Y hay otros en los que no hay mucho tiempo, estamos cansados o sentimos alguna molestia física o emocional.
Practicar también es aprender a atravesar esos momentos. Con los años he comprendido que disciplina no significa violencia (Ahimsa, en sánscrito):
No significa exigirle al cuerpo que haga algo solamente porque ayer podía hacerlo.
Ni ignorar una molestia para completar una práctica.
Ni atravesar el dolor bajo la idea de que “no pain, no gain”. Esta lógica no representa para mí el camino del Yoga.
Hay días en los que practicar significa profundizar y otros en los que significa modificar. Y algunos en los que puede significar parar y descansar.
Escuchar no es abandonar la práctica. Escuchar también es practicar.
Porque el cuerpo no es algo que tengamos que conquistar, es el lugar desde el que vivimos esta experiencia. Y aprender a cuidarlo, respetarlo y escucharlo es también parte del camino.
Aprender a mirar el cuerpo de otra manera
Una de las transformaciones más bonitas que me ha dejado la práctica de Yoga es aprender a mirar mi cuerpo con mayor gratitud.
Es fácil mirarlo desde aquello que todavía no puede hacer, desde lo que ha perdido, desde lo que quisiéramos cambiar, o compararlo con el cuerpo de alguien más e incluso con nuestro propio cuerpo de otro momento de la vida.
Pero también podemos aprender a detenernos y observar todo lo que hace por nosotros: respira, camina, se mueve, nos sostiene, se adapta, se recupera, aprende.
Para mí, la práctica también ha sido eso: aprender a admirar este maravilloso cuerpo no solamente por las posturas que puede hacer, sino por todo lo que me permite vivir.
¿Para qué queremos un cuerpo flexible?
Esta pregunta me parece mucho más interesante que preguntarnos cuánto nos falta para tocar los pies con la cabeza. ¿Para qué cultivamos movilidad, fuerza, equilibrio y flexibilidad?
No es para llegar más lejos en una postura, es para habitar nuestro cuerpo con mayor libertad y comodidad, para movernos con fluidez en nuestra vida diaria.
Queremos poder agacharnos, levantarnos, caminar, girar, cargar algo, sentarnos en el suelo y volver a levantarnos.
Queremos que nuestro cuerpo pueda acompañarnos, en la medida de lo posible, en aquello que necesitamos y amamos hacer: trabajar, viajar, caminar, cocinar, bailar, disfrutar la naturaleza, compartir tiempo con quienes queremos.
Entonces la flexibilidad deja de ser una meta estética. Se convierte en libertad de movimiento al servicio de la vida.
El tapete como entrenamiento para la vida
Hay algo que suelo repetirles a mis estudiantes: Lo que practicamos sobre el tapete es un entrenamiento para la vida cotidiana.
Y cuanto más tiempo practico, más sentido encuentro en esta idea. Porque mientras el cuerpo aprende a ser flexible, yo también puedo aprender otras formas de flexibilidad:
Aprendo a aceptar que no todos los días son iguales.
A adaptarme cuando las circunstancias cambian.
A reconocer mis límites sin sentir que por ello he fracasado.
A tener disciplina sin convertirme en mi propia tirana.
A perseverar sin aferrarme a un resultado.
A agradecer lo que hoy sí es posible.
A parar.
Y a comenzar de nuevo.
Entonces una postura deja de ser solamente un reto físico. Se convierte en un espacio en el que puedo observar cómo reacciono ante la dificultad, la incomodidad, la frustración, el progreso, el límite y el cambio.
Eso tampoco sale en la foto, pero es lo más valioso que la práctica va dejando en nosotros.
Y después llega la verdadera práctica: llevar algo de ese aprendizaje con nosotros cuando enrollamos el tapete.
Comienza con el cuerpo que tienes hoy
Si alguna vez has visto una postura de Yoga y has pensado: “Yo nunca podría hacer eso”, no necesitas preguntarte cuánto te falta para llegar allí. Y tampoco necesitas esperar a ser flexible para comenzar a practicar.
Comienza con el cuerpo que tienes hoy (es el único que tienes): con su movilidad y su rigidez, con su fuerza y su vulnerabilidad, con su historia, con lo que hoy puede hacer y también con aquello que hoy necesita que respetes.
Porque el propósito de la práctica no es convertirte en la persona que aparece en una fotografía, es conocerte a través de ella.
Y quizá, después de años de práctica, descubras algo curioso: que mientras estabas intentando flexibilizar el cuerpo, la práctica estaba enseñándote también a relacionarte de una manera más flexible, consciente y amorosa con la vida.
Eso tampoco sale en la foto, pero es una de las transformaciones más hermosas que el Yoga deja en nosotros.




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